
Aquí estuvo la imprenta de la que salieron el primer libro tapatío (1793) y el primer periódico independiente de Hispanoamérica (1810). El edificio original era una sola planta pero se amplió a dos niveles en 1896. Desde entonces luce como adorno de su fachada esculturas de perros, a los que debe su apodo, siendo, además, la única e las construcciones de la acera oeste del Paseo anterior a 1950, que salvó de la demolición su fachada moviéndola nueve metros al oeste, cuando la calle de Alcalde se amplió y se convirtió en avenida.